CAPÍTULO — La Luz que Vuelve a Casa
El auditorio estaba lleno. No de ruido, sino de expectativa por lo que pasaría ese noche.De esas que se sienten en la piel, en la respiración compartida, en los silencios que anteceden a algo importante. El aire olía a madera, a perfumes delicados y a ese aroma metálico que flota en los edificios de medicina, una mezcla de rigor y esperanza.
Mía Castell estaba sentada en la segunda fila, con la toga perfectamente acomodada sobre los hombros y el birrete apenas torcido hacia un costado, como si incluso en un día solemne se negara a perder su identidad. Tenía las manos apoyadas sobre las piernas, los dedos entrelazados con una calma que era, en realidad, puro autocontrol. Miró sus palmas, ligeramente enrojecidas; eran las manos de alguien que ya conocía el frío del instrumental y la calidez del contacto humano.
Había llegado hasta ahí. No por su apellido.Ni por el peso de una historia familiar. No uso los privilegios por ser hija de Sofía Rojas o