CAPÍTULO — La Partida que No Espera
El Aeropuerto Internacional de Carrasco estaba despierto desde temprano, pero para Mía el mundo se había reducido a un solo punto: el abrazo de sus padres.
Todo lo demás era ruido de fondo.
Las luces blancas reflejadas en el piso pulido, el murmullo constante de voces que se cruzaban en distintos idiomas, el sonido metálico de las valijas rodando sin pausa… todo ocurría alrededor, pero ella apenas lo registraba. Tenía el pasaporte firme entre los dedos, el pasaje doblado con cuidado dentro del sobre azul, y el corazón latiéndole con una intensidad extraña, como si supiera —aunque no quisiera admitirlo— que estaba cruzando una frontera invisible.
No era solo un viaje.
Era un antes y un después.
Sofía fue la primera en abrazarla.
No fue un abrazo rápido ni contenido. Fue largo, profundo, de esos que nacen cuando una madre entiende que su hija ya no es una niña… pero sigue siendo su pequeña. Sofía apoyó la frente en el cabello de Mía y cer