Adriano llamó a las ocho de la mañana siguiente.
Renata estaba despierta. Llevaba veinte minutos mirando el techo sin decidir si levantarse valía la pena antes de que sonara alguna alarma o algún teléfono.
Sonó el teléfono.
—¿Cómo quedó? —dijo ella sin preámbulo.
—Sentadas las dos cosas. —La voz de Adriano sonaba como la de alguien que no ha dormido mucho pero que ha procesado lo suficiente para hablar con claridad—. Primero: le dije que el bebé existe y que es mío. Que eso no es negociable en