Sara recibió la llamada a las nueve y cuarenta de la mañana.
Número colombiano. Desconocido. Lo dejó sonar una vez, evaluó, y contestó al segundo intento porque en su experiencia los números colombianos desconocidos que llamaban dos veces en cuatro minutos tenían algo que decir que valía la pena escuchar.
—Sara Reyes.
—Soy Adriano Salcedo. —Una pausa de medio segundo, calculada—. Estoy en Vancouver.
Sara no dijo nada durante tres segundos.
—¿Qué necesita, señor Salcedo?
—Hablar con Renata.
—No