Vancouver olía a pino mojado y mar frío.
Adriano lo había leído en alguna parte. Ahora lo comprobaba de pie en la acera exterior del aeropuerto YVR, con el abrigo equivocado para esa lluvia. No era una llovizna de ciudad. Era una pared horizontal, persistente, el tipo de agua que entra por todos los ángulos posibles sin anunciarse.
Había tomado un taxi hasta el East Side con una sola dirección en el bolsillo: la que Bernarda había copiado en el margen del cuaderno negro de la cocina. Él no la h