Renata supo que algo había cambiado antes de que su padre terminara de hablar.
No por la voz. Por el modo en que usó el teléfono fijo.
El fijo significaba corredor compartido, sala de enfermería cerca, gente alrededor. O una noticia demasiado incómoda para decirse por el celular que ella le había comprado.
—Renata —dijo Tomás.
Ella dejó el portátil sobre la mesa.
—¿Papá?
—Vino alguien ayer.
El corazón le dio un golpe seco.
—¿Quién?
—Adriano Salcedo.
Renata cerró los ojos un segundo.
—¿Qué querí