El vuelo a Cartagena salió de Bogotá antes de que amaneciera del todo.
Adriano no avisó a nadie. Ni a Beatriz, ni a Octavio, ni a Emilia. Llevaba la misma camisa del día anterior, el saco colgado del brazo y una carpeta delgada con los registros que el investigador privado había enviado a las dos de la mañana: transferencias, llamadas, autorizaciones, firmas. El tipo de evidencia que no parecía una bomba hasta que uno entendía que cada línea estaba conectada con la noche del Hotel Portón.
El ta