¿Dolía?
Sí, dolía.
Pero ese dolor físico no era nada comparado con la herida sangrante en su corazón; una herida que Diego ya se había encargado de despedazar, tajo a tajo, durante cinco largos años.
Por eso, este pequeño rasguño no significaba nada para ella.
—¿Crees que por tener el apoyo de la abuela puedes hacer lo que te plazca frente a mí, sin ningún límite? —La furia emanaba de cada gesto de Diego—. ¡Natalia, he sido demasiado indulgente contigo!
Natalia soltó una carcajada gélida.
¿Él,