El celular no paraba de sonar, pero ella seguía caminando.
Finalmente, un carro se detuvo a su lado frenando bruscamente.
—¡Natalia!
Mateo bajó del vehículo a toda prisa; ni siquiera se dio el tiempo de abrir la sombrilla antes de correr hacia ella.
Solo cuando estuvo frente a frente, logró abrirla con torpeza para cubrirla de la lluvia.
—¿Qué haces aquí sola bajo la tormenta?
—¿Y Diego? ¿No se supone que regresaba contigo de la mansión?
—Rápido, sube al carro.
Natalia levantó la vista. Mirab