Gabriel abrió la puerta de un salto y entró corriendo. Su voz sonaba jubilosa, como la de un niño que acaba de ganar un juego.
—¡Mamáaa, tío, vamos, entren rápido! ¡Quiero enseñarle a tío Daryl el dibujo que hice! —gritó mientras encendía la luz de la sala.
La puerta quedó entornada, permitiendo que el aire frío de la noche se colara. Lilian sonrió al ver el entusiasmo de su hijo y luego miró a Daryl.
—Gracias… por habernos traído —susurró con un hilo de voz. No temblaba por miedo, sino porque