Margaret estaba sentada en su escritorio, pero no veía realmente los informes abiertos frente a ella. Sus dedos sostenían la tarjeta de presentación que Lucien le había dado la última vez que se vieron. La giraba lentamente entre el pulgar y el índice, una y otra vez, tratando de conectar con alguna respuesta.
Margaret cerró los ojos un instante y respiró hondo. Había intentado convencerse de que Lucien solo estaba exagerando, de que su actitud había sido producto del estrés, del miedo, de asuntos que ella no entendía. Sin embargo, una sombra incómoda se había instalado en su pecho desde entonces, era imposible que dejara de pensar en quien era realmente Adrien.
En los últimos días había hecho lo posible por evitarlo. Reuniones pospuestas, excusas vagas, mensajes respondidos con frialdad. Pero Adrien no era un hombre que aceptara fácilmente la distancia sin explicación. Aquella mañana apareció sin previo aviso en su oficina, apoyándose con naturalidad en el marco de la puerta.
—¿Almo