Adrien sintió la despedida de Margaret como un golpe seco en el estómago. No fue solo la frase apresurada ni la manera en que ella ya buscaba el bolso con la mirada, sino esa distancia súbita que se abría entre ambos cada vez que ella decidía marcharse. La observó limpiar con cuidado sus labios con la servilleta, lista para levantarse de la silla.
—Margaret… —dijo, antes de pensarlo.
Ella ya había dado medio paso atrás cuando sintió la presión de la mano de Adrien cerrándose alrededor de su brazo. No fue brusca, pero sí lo suficientemente firme como para detenerla.
—Espera —pidió—. Quédate un momento más. Por favor.
Margaret lo miró, sorprendida.
—¿Qué pasa? —preguntó, sin sentarse todavía.
—Tengo algo para ti.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Para mí?
Adrien asintió. Como siempre, su sonrisa apareció en sus labios, él tenía esa facilidad de sonreír cuando estaba con ella, incluso en los momentos más sombríos, donde perdía su control. Soltó su brazo y llevó la mano al portafolio qu