Margaret cerró la puerta de la habitación con un suave clic, ni siquiera sabía si se estaba escondiendo. Tenía el corazón golpeándole el pecho por la llamada que seguía vibrando insistente entre sus dedos. Se sentó en la cama con cuidado, dejó a la bebé a su lado, acunándola con la mano libre, y finalmente deslizó el dedo sobre la pantalla.
—¿Lucien, que quieres? —susurró, intentando que su voz no revelara el temblor.
La respuesta llegó de inmediato, cargada de angustia.
—¿Por qué no contestabas? —Lucien hablaba rápido, con la respiración entrecortada—. Margaret, casi me vuelvo loco. Necesitaba saber que estabas bien… que la bebé está bien.
Ella cerró los ojos un instante. Su nombre en su voz siempre la estremecía; lo odiaba por eso, lo odiaba porque todavía le dolía.
—Estoy bien —respondió, seca pero no cruel—. No tienes por qué preocuparte. Y… creo que ya es hora de que dejes de llamarme, Lucien.
Hubo un silencio por un momento.
—No me pidas eso —dijo él finalmente—. Por favor. Sol