Margaret cerró la puerta de la habitación con un suave clic, ni siquiera sabía si se estaba escondiendo. Tenía el corazón golpeándole el pecho por la llamada que seguía vibrando insistente entre sus dedos. Se sentó en la cama con cuidado, dejó a la bebé a su lado, acunándola con la mano libre, y finalmente deslizó el dedo sobre la pantalla.
—¿Lucien, que quieres? —susurró, intentando que su voz no revelara el temblor.
La respuesta llegó de inmediato, cargada de angustia.
—¿Por qué no contestaba