CAPÍTULO 89

Habían pasado un par de semanas desde la desaparición de Lorain, y aunque nadie lo dijera en voz alta, la sensación que se respiraba en el ambiente era la misma: parecía como si realmente hubiera muerto. No había rastros de ella, ni pistas, ni testimonios. Nada. Solo un vacío inquietante que se alargaba cada día más, como un presagio mal resuelto.

Lucien había intentado mantener la calma, pero cada amanecer parecía drenar un poco más de su paciencia. En su oficina, la penumbra de la tarde caía lenta sobre los muebles mientras Carlos, su asistente, permanecía de pie al frente del escritorio, con el rostro tenso y las manos juntas como si estuviera esperando una sentencia.

—No hay avances —admitió finalmente, tragando saliva—. La cámara del coche quedó completamente destruida en la explosión. No pudimos recuperar ni un fragmento útil. Los restos del vehículo están irreconocibles… y no hay ninguna pista del otro auto. Ninguna placa registrada, las cámaras de los alrededores parece como s
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