Habían pasado un par de semanas desde la desaparición de Lorain, y aunque nadie lo dijera en voz alta, la sensación que se respiraba en el ambiente era la misma: parecía como si realmente hubiera muerto. No había rastros de ella, ni pistas, ni testimonios. Nada. Solo un vacío inquietante que se alargaba cada día más, como un presagio mal resuelto.
Lucien había intentado mantener la calma, pero cada amanecer parecía drenar un poco más de su paciencia. En su oficina, la penumbra de la tarde caía