Cuando Lucien regresó a la mansión, aún llevaba en la piel el peso de las lágrimas silenciosas de Margaret y la frialdad con la que le había dicho que ya no lo amaba. Entró sin quitarse siquiera el abrigo; hasta le resultaba difícil respirar.
—¿Dónde está Lorain? —preguntó apenas vio a Carlos, su asistente en el vestíbulo.
El hombre bajó la mirada.
—Señor… Ella dice que sufrió lesiones graves en caída de las escaleras. Está en el hospital haciéndose una revisión.
Lucien frunció el ceño comple