Ainara se asomó desde la baranda del segundo piso, y al confirmar que su hermano se había marchado, bajó a toda prisa las escaleras. Encontró a Lorain todavía en el sofá, con los ojos rojos y el gesto abatido. Corrió hacia ella, la abrazó con afecto y le preguntó con ansiedad:
—¿Fue muy duro contigo? Ya sabes cómo puede ponerse cuando está molesto.
Lorain levantó la vista lentamente. La mirada se le llenó de lágrimas, pero lo que ocultaba en el fondo era muy distinto al dolor: un destello fugaz