El silencio de la habitación le pesaba sobre los hombros. Lucien se pasó una mano por el rostro, intentando borrar el rastro del desconcierto que aún le oprimía el pecho.
Ahora sabía con certeza quién había puesto la droga en su bebida.
Frunció el ceño, abotonando con calma la camisa que se había puesto tras una ducha fría. No necesitaba adivinar: la secuencia era demasiado clara. Todo había comenzado con ese brindis que Lorain le ofreció, fingiendo inocencia, ofreciéndoselo con cariño. Desde h