Margaret no creía que Lucien fuera a volver. Había aprendido a no esperar nada de él, ni siquiera una disculpa. Después de que se marchó, el silencio de la casa le resultó tan profundo que podía oír el sonido tenue de su respiración entrecortada. Tomó la medicina que el médico le había recetado para las náuseas y se recostó, no se quedaría de pie esperando a quien no iba a volver.
El mareo persistía, y cada movimiento parecía revolverle el estómago. Cerró los ojos intentando conciliar el sueño,