Margaret se levantó de inmediato de su asiento y la copa que tenía en la mano cayó al suelo, rompiéndose contra el mármol con un sonido seco que hizo que varias miradas se giraran hacia ella. Pero Margaret no veía a nadie más; sus ojos estaban clavados en la tarima, en Lorain, y cuando sus miradas se encontraron fue como si la rabia acumulada durante años estallara entre ambas.
Lorain sostuvo su mirada con una frialdad inquietante. El odio que brillaba en sus ojos no tenía ningún intento de dis