Margaret se levantó temprano, como todos los días.
El cielo apenas comenzaba a aclararse cuando salió de la cama con cuidado de no hacer ruido. La rutina era casi automática: una ducha rápida, el cabello recogido con prisa, la ropa elegida con precisión. Sin embargo, esa mañana había algo distinto en su pecho, una sensación extraña, el revoltijo de sentimientos en su estomago no le permitían pensar bien.
La noche anterior regresó a su mente sin pedir permiso.
Lucien sentado en su sala. Su hija