Cuando Lucien cruzó el umbral del departamento, fue como si algo invisible le golpeara el pecho con una fuerza brutal. El aire le faltó por un segundo. Había contado los días uno por uno esperando ese reencuentro, a decir verdad, en sus pensamientos siempre estaba el rostro de su pequeña hija, y aunque se arrepentía por no verla crecer, sabía que debía protegerla de todo lo que quisiera hacerle daño.
Mérida levantó la vista de inmediato.
Sostenía a la bebé entre sus brazos y, al reconocerlo, su