Cuando Lucien cruzó el umbral del departamento, fue como si algo invisible le golpeara el pecho con una fuerza brutal. El aire le faltó por un segundo. Había contado los días uno por uno esperando ese reencuentro, a decir verdad, en sus pensamientos siempre estaba el rostro de su pequeña hija, y aunque se arrepentía por no verla crecer, sabía que debía protegerla de todo lo que quisiera hacerle daño.
Mérida levantó la vista de inmediato.
Sostenía a la bebé entre sus brazos y, al reconocerlo, su cuerpo se tensó de forma instintiva. Apretó un poco más a la niña contra su pecho, con un reflejo protector que no pudo disimular. Sus ojos se clavaron en Lucien con recelo, con miedo incluso, como si temiera que hubiera irrumpido sin permiso, como si aquel hombre fuera una amenaza inesperada.
Lucien se detuvo, y miró a Margaret buscando su defensa.
Ella lo notó de inmediato.
—Mamá… —dijo con suavidad, acercándose a ella—. Está bien. No pasa nada, yo le permití que entrara a la casa.
Mérida dud