CAPÍTULO 124

Margaret dejó escapar un jadeo y, justo en ese momento, el mesero se acercó con la orden. El hombre carraspeó con evidente incomodidad, avergonzado por haber interrumpido algo que no debía ver, y dejó los platos sobre la mesa con rapidez. El contacto se rompió de inmediato. Ambos se separaron como si la realidad hubiese caído de golpe sobre ellos.

Margaret, completamente sonrojada, se apartó de Lucien. Él, en cambio, sonrió con una satisfacción, aunque por un instante creyó que ella reaccionaría de forma violenta, que le cruzaría el rostro con una bofetada por haber traspasado un límite. No ocurrió. Lo que vio en ella fue distinto, la respuesta al deseo que él estaba sintiendo.

—Gracias —dijo Lucien al mesero, con voz baja.

El hombre asintió y se retiró con rapidez.

Margaret tomó aire, como si necesitara recomponerse desde dentro. Ajustó el bolso sobre su hombro y evitó mirarlo directamente.

—Lucien… esto no debió pasar —dijo finalmente—. Creo que lo mejor es que me vaya.

Empujó la si
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