CAPÍTULO 125

Margaret llegó a casa cuando el cielo ya había comenzado a oscurecer. El cansancio se le acumulaba en los hombros y en la espalda, los últimos días había trabajado sin descanso. La construcción de la nueva sede había avanzado a buen ritmo, quería inaugurarla lo más pronto posible.

Cerró la puerta tras de sí con cuidado, procurando no hacer ruido. Apenas dejó el bolso sobre la mesa, escuchó una risa suave proveniente de la habitación contigua. Esa risa fue suficiente para que todo lo demás se desvaneciera.

—Mamá… —susurró, antes incluso de verla.

Su madre apareció en el umbral llevando la pequeña en su regazo, con los brazos extendidos y los ojos brillantes. Margaret se agachó sin pensarlo y la envolvió en un abrazo largo, apretado, llevaba días llegando a casa que no la encontraba despierta.

—Mi amor… —murmuró, besándole el cabello—. ¿Cómo estuvo tu día?

La niña apenas balbuceó lo que parecía ser una respuesta ante las palabras de amor de su mamá, sin embargo, Margaret sabía a la per
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