El trayecto fue breve.
En pocos minutos llegaron al restaurante, un lugar elegante, discreto. La iluminación era cálida, envolvente, y enseguida se olvidaron por un momento de lo que estaban hablando.
Lucien habló con el mesero con naturalidad. Todo parecía ya previsto. Los condujeron a una mesa apartada, junto a un ventanal que reflejaba la ciudad nocturna como un espejo distante.
Durante unos instantes, la tensión se diluyó.
Margaret tomó asiento frente a él y se permitió ese pequeño respiro de estar a su lado, ella también lo extrañaba aunque su orgullo no se lo dejaba admitir. Revisaron el menú, intercambiaron comentarios triviales, eligieron el vino. Incluso hubo un silencio cómodo, extraño, casi engañoso, como si la conversación pendiente hubiera decidido esperar su turno.
Pero Margaret sabía que no duraría.
Cuando el camarero se retiró, Lucien se inclinó levemente hacia adelante y, con un gesto natural, casi inconsciente, estiró la mano sobre la mesa, buscando la de ella.
Sus d