CAPÍTULO 119

Margaret regresó a su asiento sin prisa, como si cada paso estuviera medido para no revelar el torbellino que aún llevaba dentro. La conversación con Lucien seguía vibrándole en el pecho, sentía cierto alivio por sus palabras y su apoyo, eso fue suficiente para volver a retomar el control. Se sentó con la espalda recta, acomodó la paleta sobre su regazo y recién entonces levantó la vista.

Elize la observaba con una preocupación mal disimulada. Había seguido cada movimiento desde la distancia, cada gesto, cada segundo que Margaret pasó apartada del salón. Cuando por fin estuvo a su lado, se inclinó hacia ella con urgencia y le preguntó:

—Margaret… —susurró—. ¿Todo está bien?

Margaret giró apenas el rostro. No necesitó pensar demasiado la respuesta. Por pura inercia, dejó que una sonrisa serena se dibujara en sus labios. Se acercó al oído de Elize y le habló con demasiada calma.

—No hay nada de qué preocuparse. Confía en mí.

Elize la estudió un instante más, confirmando que su jefe le
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