Margaret retrocedió dos pasos más.
—¡Idiota! —le dijo ella entre los dientes, estaba demasiado enojada para las estupideces de Lucien.
Se llevó ambas manos a la cabeza, presionándose las sienes como si necesitara contener algo que estaba a punto de desbordarse. El murmullo lejano del salón, las voces dispersas, el eco del descanso de la subasta… todo quedó en segundo plano.
Entonces alzó la mirada.
Y lo señaló con el dedo. Directamente al pecho, lo miró con furia.
—Escúchame bien, Lucien —dijo