CAPÍTULO 118

Margaret retrocedió dos pasos más.

—¡Idiota! —le dijo ella entre los dientes, estaba demasiado enojada para las estupideces de Lucien.

Se llevó ambas manos a la cabeza, presionándose las sienes como si necesitara contener algo que estaba a punto de desbordarse. El murmullo lejano del salón, las voces dispersas, el eco del descanso de la subasta… todo quedó en segundo plano.

Entonces alzó la mirada.

Y lo señaló con el dedo. Directamente al pecho, lo miró con furia.

—Escúchame bien, Lucien —dijo, con la voz tensa, vibrando de rabia—. No te pases de gracioso, ¿Qué te pasa?

Él entrecerró los ojos, sorprendido por el filo de su tono.

—Si no quieres invertir, si no quieres ayudarme —continuó ella, avanzando una sílaba tras otra como si fueran golpes—, entonces no vuelvas a buscarme. Nunca más.

El dedo seguía apuntándolo, firme.

—No entiendo tus malditas intenciones. No entiendo por qué apareces, provocas, juegas… y luego retrocedes como si nada importara, cuando días atrás me dices que me
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