Margaret no lo pensó demasiado.
Apenas la misteriosa mujer terminó de pronunciar su oferta, Margaret ya estaba tocando el hombro de Lucien, llamando su atención, él, apenas cruzado de brazos la miró de reojo.
—¿Quién es esa mujer que está subastando? —él preguntó algo irónico, y Margaret apenas apretó los puños.
—No tengo ni puta idea, pero claramente los planes de mi compañía están siendo infiltrados, y necesito ahora más que nunca que me ayudes.
Él se giró hacia Margaret justo cuando el subastador repetía la cifra en voz alta. Sin sentarse, y sin rodeos, ella levantó la paleta con un movimiento decidido.
—Oferta —dijo, clara. Aunque sabía que ese era su último cañón, solamente quería ganar tiempo.
El número que anunció el subastador fue el último límite autorizado por el plan financiero de su empresa.
El definitivo.
El salón estalló en murmullos. Algunos asistentes se removieron incómodos en sus asientos. No era habitual que una puja alcanzara ese nivel en ese terreno. Margaret no