Los días pasaron sin que Margaret se permitiera pensar demasiado en ello. Se concentró en el trabajo, en cerrar pendientes, en afinar cifras y revisar proyecciones hasta el cansancio. Era más fácil así. Mantener la mente ocupada evitaba que ciertos recuerdos aparecieran de nuevo. Cuando finalmente llegó el día de la subasta, estaba preparada.
El gran salón central estaba repleto. Elize caminaba a su lado con la tableta en la mano, repasando por última vez los datos clave, el límite máximo, las posibles ofertas de la competencia. Margaret la escuchaba, asentía cuando correspondía, pero su atención estaba dividida.
—Todo está listo —dijo Elize—. Tenemos margen suficiente y respaldo financiero. Si suben más de lo previsto, nos retiramos. Aunque por lo que averigüe, no hay nadie más interesado que nosotros en ese terreno.
—No se arriesgaran, Elize —respondió Margaret—. Ese terreno es nuestro.
Elize no discutió. Conocía la seguridad de su jefe.
Antes de tomar asiento, Margaret se dirigió a