Lucien sostuvo la mirada de Antonio sin parpadear, en realidad ese hombre no lo intimidaba en absoluto. Sabía que, en ese tipo de encuentros, desviar los ojos primero equivalía a ceder terreno. Su expresión no cambió, pero algo en la rigidez de su mandíbula delataba que la paciencia comenzaba a agotarse.
—No me mientas —dijo, con la voz baja y firme—. No eres tan limpio como crees, Antonio. Dejaste señales. Ninguna jugada de este nivel se borra por completo, ¡eres tan predecible! Que no tengo una sola duda de que fuiste tú.
Antonio arqueó apenas una ceja, divertido, como si aquellas palabras no lo hubieran sorprendido en lo más mínimo.
—¿Soy tan predecible? —repitió—. Qué frase tan grande para alguien que aún no entiende todo el tablero.
Lucien dio un paso adelante. No invadió su espacio, pero lo redujo lo suficiente como para que el mensaje quedara claro.
—Quiero tus malditas razones —continuó—. Ahora. O vas a tener que asumir las consecuencias.
Durante unos segundos, el silencio volv