La repulsión le congeló la sangre, pero la imagen de su hija enferma y el recuerdo de su propia dignidad chocaron en su mente en una milésima de segundo. El límite se había cruzado.
—No —articuló Rebeca con una firmeza que nació desde lo más profundo de sus entrañas.
El señor Harrison se detuvo, sorprendido por la rotundidad de su voz, y la miró con el ceño fruncido.
—¿Qué dijiste? —cuestionó él, amenazante.
—Dije que no. Guarde su miseria, señor Harrison —escupió ella sin dar un solo paso atrá