Rebeca se puso pálida como un fantasma; sintió un escalofrío helado que le recorrió la espina dorsal. Dejó el sándwich a medio comer sobre el escritorio y fue directo a la oficina de su jefe a pedirle ese permiso urgente.El señor Harrison la observó de pies a cabeza desde su silla de piel. En sus pupilas opacas no se podía disimular del todo la lujuria, una mirada que la recorrió sin pudor. Incómoda, ella se acomodó la falda ejecutiva en un intento por recuperar la compostura.—Rebeca —él pronunció su nombre con cierto recelo, mientras se echaba hacia atrás—. No sé si lo sepas. Lo más seguro es que sí, eres una mujer inteligente. Pero desde el día en que viniste a esta empresa con tu poca experiencia, me advirtieron sobre los peligros de contratarteRebeca apretó los dedos alrededor de su teléfono, presa de la desesperación. Lo que menos quería en ese momento era un discurso corporativo. Necesitaba irse, correr al colegio y ver a su hija.—Entiendo, señor Harrison, pero yo de verdad
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