Mundo ficciónIniciar sesiónRebeca se quedó con la vista fija en el cielo. Se había subido a la azotea con la excusa de tender una tanda de ropa limpia, solo para ocultar su frustración.
Pese a la pésima relación con su exesposo, mantenía la regla inquebrantable de que su pequeña hija no se enterara de sus discusiones. En momentos como ese, la misma pregunta azotaba su cabeza como un látigo: ¿por qué fue tan estúpida para fijarse en semejante imbécil? De todos los hombres en el mundo, eligió al más insensible para ser el padre de su hija. «¿Qué puedo esperar de un infeliz al que encontré en mi propia cama con otra mujer?», se preguntó con amargura, mientras apretaba los puños. Dos cosas tenía muy seguras: odiaba a Gael Briggs con cada fibra de su ser y amaba a su pequeña Regina con el alma entera. Se limpió las lágrimas de la comisura de los ojos con el dorso de la mano, respiró el aire fresco a fondo y bajó por las escaleras de concreto hasta llegar a la sala de la casa. La imagen en la planta baja le partió el alma. Regina permanecía hecha un ovillo en el sillón, abrazada a su unicornio con pelaje de colores. La televisión estaba prendida, pero la niña veía hacia la nada, con las pupilas fijas en un punto muerto y los ojos brillantes por el llanto contenido. Rebeca tragó saliva con esfuerzo; sin deshacerse del todo de ese nudo en la garganta. Apretó los músculos del estómago en un intento desesperado por no quebrarse ahí mismo. —Puedo hacerte de botana esas salchichas en forma de pulpo que tanto te gustan, ¿quieres? —le propuso con una voz exageradamente animada, una simple máscara de alegría. Regina negó con la cabeza y desvió la mirada hacia sus pequeños zapatos. Rebeca avanzó a pasos lentos hacia la sala y se sentó al lado de su hija en el sofá. Una de sus manos, suave y protectora, acarició la mejilla cálida de la niña. —Tal vez había mucho tráfico y por eso viene tarde —soltó de repente la pequeña. Un puchero se formó en sus labios rosados. El corazón de la mujer terminó por hacerse pedazos. ¿Cuántas decepciones acumulaba ya su hija por culpa de ese hombre? Aún con el historial de promesas rotas, la inocencia de la niña la hacía creer en él. Lo amaba sin condiciones; era su padre, al fin y al cabo. —Tal vez —respondió Rebeca, con una sonrisa forzada que no llegó a sus ojos. —¿Puedes marcarle? Un intento, nada más —suplicó Regina. La pequeña se enderezó de inmediato sobre el cojín, con una chispa de esperanza en el rostro. Rebeca enredó con delicadeza uno de los rizos rubios de su hija en el dedo índice. Luego contempló esos ojos grandes y adorables color avellana, tan idénticos a los del hombre que la había abandonado a su suerte esa tarde. —Sí —le dijo, a pesar de la opresión que amenazaba con asfixiarla en la garganta. —Tu teléfono, mami —pidió la niña, con las palmas abiertas. Rebeca se levantó del sofá. Le aseguró que lo buscaría enseguida, en un intento por retrasar el golpe inevitable de decepción. La niña asintió con obediencia. Tras darle bastantes largas y no encontrar más excusas para posponer el momento, Rebeca no tuvo otra opción que entregarle el móvil. Regina recibió el aparato entre sus manos pequeñas. Dejó al peluche de unicornio sentado en el borde del sofá y presionó el icono de llamada con el pulgar. La pantalla iluminó su rostro expectante. El teléfono timbró una vez, dos, tres... y después la voz grabada de la operadora llenó el silencio con el mensaje claro de que la llamada iba directo al buzón de voz. La línea se cortó. —Mi papá está ocupado —concluyó la niña. El labio inferior le tembló y la voz se le quebró por completo. —Sí. Debe ser eso, mi amor. ¿Por qué mejor no coloreas un poco en lo que mamá termina de corregir unos pendientes del trabajo? —Rebeca pellizcó la mejilla de su hija con suavidad. La pequeña aceptó la propuesta con un leve asentimiento y los ojos opacos. El silencio volvió a instalarse en la estancia. Mientras Regina esparcía trazos sin ánimo sobre las páginas de sus cuadernos del unicornio bailarín, su madre se masajeaba la sien con frustración. Rebeca alternaba la vista entre la revisión de unos documentos digitales en la computadora y los mensajes amenazantes de su jefe, quien le reclamaba en mayúsculas por los archivos equivocados que ella envió por error debido a la distracción. Pasó una hora de tensión silenciosa. Luego otra. El reloj marcaba las cuatro y media cuando el timbre de la casa resonó con fuerza. Rebeca se puso de pie de golpe; no esperaba visitas a esa hora. Avanzó hacia la entrada con el ceño fruncido y se asomó por la mirilla. Al otro lado del cristal, contempló una silueta masculina de hombros anchos, cabello rubio impecable y un traje negro de corte formal que delataba su estatus. —Ahora, ¿qué quieres? —masculló llena de coraje en cuanto abrió la puerta. —Vine a ver a mi hija —declaró Gael Briggs. Ni siquiera se molestó en saludar a su exesposa. Su tono era plano, orgulloso. —Demasiado tarde. —Rebeca bajó la vista hacia su muñeca desnuda, en un gesto cargado de desprecio hacia el reloj inexistente. Gael, por su parte, desvió la mirada hacia su propio reloj de oro de pulsera, una pieza de lujo que gritaba que era un hombre de una posición privilegiada. —Todavía no son las nueve —replicó él con cinismo. —Eso. Bueno, quedaste de llegar a las dos y son las cuatro y media. Así que vete por donde viniste. —Le traje algo a mi hija —Gael alzó una bolsa de cartoncillo fino, con el logotipo de una tienda de juguetes exclusiva. —Tu hija quiere tu amor, tu tiempo. Otro juguete más para la colección no compensa que seas un padre de m****a —susurró Rebeca, con una rabia contenida que le hizo vibrar la voz. Gael frunció el ceño. Sus ojos se oscurecieron y, justo antes de que pudiera abrir la boca para defenderse o soltar una de sus respuestas hirientes, una dulce vocecita lo llamó desde el fondo de la casa: —¡Papi! ¡Papi, sí viniste!






