Mundo ficciónIniciar sesiónRebeca soltó un suspiro de cansancio. Apretó los dientes con fuerza y se tragó cada uno de los insultos que peleaban por salir de su garganta.
—Si tanto te interesa saber cómo está tu hija, ven a verla —soltó en un murmullo cargado de amargura y colgó el teléfono de golpe, sin darle tiempo a responder. El silencio volvió a adueñarse del baño. Sin querer, alzó la vista hacia el espejo del lavabo y se encontró con su propio reflejo. La iluminación del foco delató los ojos cansados que alguna vez brillaron con el deseo de cumplir todos sus sueños. Su cabello rizado, un poco despeinado, caía sin orden sobre los hombros, muy lejos del cuidado riguroso que le dedicaba en el pasado. Notó una marcada expresión de fatiga esculpida en sus facciones. Y no era el resultado exclusivo de ese día ajetreado; ella estaba hecha polvo por todas las malas decisiones que la llevaron hasta ese punto de su vida. No se refería a su hija, por supuesto, porque Regina representaba lo que más amaba en el mundo. El peso de su arrepentimiento provenía del hombre que eligió como padre para su pequeña. —No es más que un idiota con traje caro —se dijo a sí misma en un susurro firme. Se limpió las esquinas de los ojos con la yema de los dedos. No quería, o mejor dicho, no podía darse el lujo de llorar. Su hija la necesitaba entera y fuerte. Luego de media hora de intentos fallidos, consiguió comunicarse con una niñera disponible. Le explicó la urgencia, el pago y las condiciones del cuidado. La joven aceptó el trabajo y acordaron encontrarse en la casa una hora y media más tarde. Cuando se cumplió el plazo, Rebeca se despidió de su pequeña con un beso tierno en la frente. Se giró hacia la niñera, una chica joven llamada Leyla, y le repitió más de cinco veces la misma advertencia: si la niña presentaba mareos o cualquier molestia, por mínima que fuera, debía avisarle de inmediato. —Sin problema, señora Rebeca, yo la cuido bien —le aseguró Leyla con una sonrisa amable. A pesar de las palabras de la joven, Rebeca se marchó con una opresión helada en el pecho, un mal presentimiento que no la dejaba en paz. En cuanto volvió a su cubículo en la oficina, revisó la pantalla de su teléfono. Había llamadas perdidas y una ráfaga de mensajes groseros de su exmarido. Gael recurría a cualquier excusa con tal de echarle la culpa a ella. Apenas transcurrieron unos cuarenta minutos cuando el celular vibró sobre el escritorio. Rebeca se fijó de reojo para descartar otra llamada insistente de Gael; sus ojos se abrieron de golpe al descubrir que el nombre en la pantalla era el de Leyla. Se puso de pie de inmediato y caminó a paso apresurado hacia el baño de la empresa para tener privacidad. —Señora Rebeca, Regina no deja de vomitar. Por favor, es necesario que vuelva a casa ahora mismo —la voz de Leyla delataba su miedo y una evidente inexperiencia ante esa clase de emergencias. —Voy para allá —respondió Rebeca con la voz ahogada por el pánico. Sabía perfectamente que conseguir un nuevo permiso de su jefe se transformaría en una auténtica odisea, pero en ese instante su único pensamiento era la salud de Regina. El señor Harrison le aseguró que era imposible dejarla marcharse. —Es una emergencia médica —le recordó Rebeca, casi sin voz por la angustia. —Todos los empleados tienen emergencias, señora Urdiales. ¿Cree usted que es superior a los demás trabajadores de esta compañía? —No, señor Harrison. —¿Acaso piensa que por ser bonita voy a tener una consideración especial con usted? Escuchar semejantes insinuaciones de los labios arrugados del hombre hizo que a Rebeca se le pusiera la boca amarga. —No, señor Harrison. —¿Considera que haber aceptado una cena conmigo le da derecho a exigir más privilegios que a un empleado promedio? —No, señor Harrison —respondió de nuevo, con la mirada clavada en la alfombra de la oficina para ocultar la humillación. El hombre se puso de pie con lentitud y avanzó hasta quedar a escasos centímetros de Rebeca. Su aliento pesado impregnó el espacio. —Me alegra que entienda cuál es su lugar —le murmuró, al tiempo que sus ojos lascivos la recorrieron de arriba abajo sin el menor disimulo—. Entonces comprende que cada permiso caprichoso requiere de un pago especial. ¿Está usted dispuesta a dar ese pago? Rebeca alzó el rostro. La presencia del sujeto le resultaba asquerosa, del todo repulsiva. —Sí, señor Harrison. El hombre se humedeció los labios secos con la lengua, mientras deslizaba una mano hacia el botón de su pantalón de vestir gris. —Entonces acérquese y gánese ese permiso —le ordenó con una sonrisa perversa dibujada en la cara.






