Rebeca arrugó el entrecejo; sintió cómo la furia y el coraje le quemaban las entrañas.
Entonces, en medio de la humillación, la imagen del rostro de su hija cruzó por su mente.
Antes de que pudiera pronunciar una respuesta o ceder a la repulsión, el teléfono del escritorio sonó con un timbre agudo.
Harrison contestó de mala gana, molesto por la interrupción. La voz de su secretaria resonó desde el auricular para informarle que los señores Montoya llegarían en diez minutos.
—La cita fue pact