Capítulo 4

El berrinche de Regina se extendió por una hora. Lo que más le dolió a Rebeca no fue el cansancio, sino las palabras que su hija le soltó en cuanto Gael cruzó la puerta de entrada y se marchó.

—Eres una mamá mala —sentenció la pequeña, y se dirigió directo a su habitación con el unicornio a cuestas.

Eso jamás había pasado. Siempre que Rebeca le explicaba que su padre debía marcharse, la niña lloraba o se ponía triste, pero jamás mostraba ese rechazo ni mucho menos la acusaba de maldad.

Con un terrible dolor de cabeza que le pulsaba tras las sienes, Rebeca se fue a dormir esa noche.

La perspectiva de la mañana siguiente era pesada: debía preparar a su hija para la escuela y cumplir con su jornada laboral.

A las seis de la mañana ya estaba en pie. Preparó el desayuno y los contenedores con el almuerzo del día en una cocina silenciosa. Regina se despertó a las siete; en sus ojos apagados aún se notaba un atisbo de la molestia de la tarde anterior.

Rebeca fingió que no pasaba nada, le acomodó la mochila y la dejó en la entrada del colegio antes de irse directo al trabajo.

Mientras se sentaba en su cubículo y atendía las interminables montañas de papelería que le asignaba su jefe directo, el señor Harrison, las horas transcurrieron en una rutina gris hasta que llegó el turno de la comida.

Frente a un sándwich a medio terminar, Rebeca les confió a sus colegas de oficina lo que había sucedido en casa: la manera en que Regina se aferró a su padre y desafió su autoridad.

—Es tu culpa —dictaminó George, tras dar un trago a su bebida—. Todo el tiempo cubres a ese bastardo. Es lógico que la niña no se dé cuenta de que es una m****a.

—Es su padre —lo justificó ella en un suspiro.

—Y tú eres su madre. Y ahora resultas la mamá mala.

—¿Qué hago entonces? ¿Dejo que mi hija sepa que su madre es una idiota y que, de todos los hombres en el mundo, le escogió al más ruin?

—Al menos es guapo —canturreó Sofía con una sonrisa cínica—. Es su único punto a favor: su atractivo y su cuenta bancaria.

Rebeca rodó los ojos con fastidio.

Deseó con todas sus fuerzas que los hombres llevaran una estampa en la frente con las advertencias de peligro antes de que una decidiera involucrarse con ellos. El comentario de sus amigos la arrastró al pasado, a los días en que Gael Briggs no era esa pesadilla de hombre, sino un sueño del que ella no deseaba despertar.

Se conocieron en las aulas de la universidad; ella era una estudiante becada que se enamoró del tipo rico y galán del campus. A los pocos meses de relación, la prueba de embarazo dio positivo y Gael le propuso matrimonio.

Para los Briggs, sin embargo, ella era una aparecida, una mujer poca cosa. Incluso su propia familia le advirtió que la unión con ese millonario solo le traería desgracias.

Vivió el embarazo entre discusiones amargas, celos y llanto, bajo la sombra de una familia política que se negó a aceptar el parentesco del bebé hasta que no se realizara una prueba de ADN. Solo cuando vieron que Regina era una copia exacta de su padre, con el mismo cabello rizado de ella, la aceptaron en el círculo familiar.

El cuento de hadas terminó de golpe en el primer cumpleaños de la niña: el regalo de Gael fue que ella lo descubriera con su amante en la cama matrimonial. Ninguna cantidad de dinero bastaba para soportar esa humillación, así que Rebeca solicitó el divorcio en ese mismo instante.

Gael aplazó el proceso legal todo lo que pudo. Rogó y suplicó por una oportunidad; juró que el alcohol le había nublado el juicio y que no recordaba nada de lo sucedido con aquella mujer, pero Rebeca no cedió.

Vinieron más pleitos y ofensas por su posición social. Borracho, un par de días después de la firma definitiva, Gael llegó a reclamarle que todo el escenario de la infidelidad había sido un montaje de ella.

“De seguro solo buscabas mi dinero y querías una excusa para deshacerte de mí, por eso ni siquiera esperaste un poco”, le gritó en esa ocasión.

Todo el amor estúpido que Rebeca sintió alguna vez por él se transformó en el odio más puro. Un rencor que creció con los años, porque ya no se trataba solo de tolerar sus desfiles de conquistas ni las discusiones donde ella resultaba culpable de sus traiciones. El asunto escaló hacia su hija, el único flanco donde ese hombre de verdad lograba lastimarla.

—Nada de eso me importa ya, solo quisiera que fuera un buen padre —confesó Rebeca, de regreso al presente.

—Mejor quítale su dinero. Yo en tu lugar me habría quedado a su lado. No me importaría si me pasara las amantes por la nariz con tal de tener esa vida.

—George, basta —le cortó ella con la mirada seria.

—¿Qué haces en este lugar, Rebeca? Solo recibes humillaciones de parte del jefe panzón —le susurró él con insistencia.

—Como sea —repuso ella, pero el timbre de su celular interrumpió la charla.

Al revisar la pantalla y notar que la llamada provenía del colegio de su hija, contestó de inmediato con el pulso acelerado.

—Bueno.

—Bueno, señora Urdiales. Habla la señorita Raquel, la maestra de Regina.

—Sí, dígame, ¿pasó algo?

—Lo que pasa es que, durante la actividad física de la tarde, la niña se desmayó. Ya recibió atención en la enfermería de la escuela, pero es urgente que usted venga por ella.

Rebeca sintió que el mundo se detenía. El sándwich se le atragantó en la garganta y el teléfono casi se le escapa de la mano.

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