Olí salió de la iglesia con pasos lentos, casi solemnes, como si el aire de la mañana tuviera peso. Al cruzar el umbral, el portón de madera se cerró a su espalda con un sonido seco que le recorrió la espalda como un escalofrío.
Y entonces… respiró. Una bocanada profunda. Luego otra.
—Bueno —murmuró para sí misma subiendo en su bicicleta.
—Ya lo dije. Ya lo arruiné todo. O ya me salvé. Aún no sé cuál será el resultado.
Pedaleo tanto y sin rumbo fijo.
Llegó a la casa. Bajó de la bicicleta y, ap