Claudio respiró hondo, tratando de mantener la calma, aunque cada palabra de Emiliano lo atravesaba el corazón.
—No pretendo ser visto como un hombre bueno. Cada día me pongo esta sotana con el peso de lo que soy, de lo que hice. Sé que no hay redención suficiente, pero si puedo servir a otros, aunque yo mismo esté condenado, quizás... solo quizás algo de mi vida tenga sentido.
Emiliano negó con la cabeza, con un sollozo ahogado.
—¿Y yo? ¿Y mis hermanos? ¿Dónde quedamos nosotros? ¿Sabes lo que