[ZAED]
Despierto con una sensación extraña. No es miedo. No es dolor. Es ausencia. Mi mano se desliza por las sábanas y toca solo frío. Ese frío preciso, inconfundible, que te dice que alguien no ha estado allí en horas. Mi pecho lo sabe antes que mi mente:
Zaed no está.
Me incorporo bruscamente; la manta cae en mis piernas y el departamento —este refugio improvisado que hemos convertido en hogar— se siente diferente. Vacío. Demasiado silencioso. Un silencio que no es calma. Un silencio con bordes afilados.
—¿Zaed? —lo digo en voz baja, sabiendo que no habrá respuesta.
Camino hacia la sala. La taza de café que dejamos anoche sigue en la mesa. Su suéter descansa sobre la silla donde lo dejó. Todo está exactamente como lo dejó.
Excepto él.
Una presión se instala en mi pecho, como un puño cerrándose lentamente. El eco de la crisis de anoche aún resuena: mi derrumbe, la discusión con Luan, el miedo de perderlo todo.
Busco su teléfono. No está. Busco sus llaves. Tampoco.
Un escalofrío me r