[ZAED]
El primer amanecer de regreso en Miami no llega con estruendo. Llega despacio, como si la ciudad supiera que no estamos listos para enfrentarla del todo.
La luz se filtra por los ventanales del penthouse con un tono rosado que suaviza incluso el acero y el vidrio. El mar está quieto, engañosamente calmo, y por un instante —solo uno— podría fingir que nada de lo que dejamos atrás nos persigue.
Alya duerme a mi lado.
Está de costado, recogida, con una mano apoyada sobre su vientre y la otra aferrada a la sábana como si incluso dormida necesitara anclarse a algo real. Su respiración es lenta, profunda, y verla así me provoca una mezcla peligrosa de ternura y determinación.
Me incorporo apenas para no despertarla y la observo.
Aquí. Conmigo. Después de todo.
Paso los nudillos con cuidado por su mejilla. No se despierta, solo frunce apenas el ceño, como si mi contacto la trajera de vuelta desde algún sueño inquieto. Me acerco y beso su frente.
—Buenos días, amor —susurro, aunque aún