[ZAED]
La sala de reuniones no tiene ventanas.
Es un detalle mínimo, casi invisible, pero basta para que todo se sienta más denso, más cerrado, como si el aire hubiera decidido no circular por respeto al poder que se concentra ahí dentro.
Mesa ovalada. Pantallas apagadas. Carpetas alineadas con precisión quirúrgica.
Alya y yo entramos juntos.
No tomados de la mano —no todavía—, pero lo suficientemente cerca como para que nadie pueda dudar de que somos un frente único. Siento su energía a mi lado: contenida, alerta, elegante. No está temblando. Está preparada. Y eso me llena de un orgullo silencioso que me aprieto en el pecho.
Mi padre ya está sentado, recto, impecable. A su derecha, su equipo de relaciones públicas: dos hombres y una mujer que no levantan la vista hasta que nos sentamos. Del otro lado, Donato Marchesi, acompañado por su propio asesor y un abogado que parece haber pasado la noche sin dormir.
Dos familias. Un matrimonio reciente. Una tregua que todavía no aprendió a res