[ZAED]
Miami nos recibe con el mismo calor insolente de siempre, como si el tiempo no hubiera pasado desde la última vez que huí de aquí.
Alya camina a mi lado con paso firme, pero sé que por dentro está en guardia. No es la primera vez que pisa esta ciudad, ni este aeropuerto, ni estas calles que siempre prometen demasiado y cobran caro. Aquí ya ha vivido. Aquí ya ha perdido. Y aun así, volvió conmigo.
Eso es lo que más pesa.
—Ya estamos —digo en voz baja cuando subimos al coche.
Ella asiente sin mirarme, con la vista fija en la autopista que se abre frente a nosotros. Miami pasa rápido: palmeras, vidrio, cemento, lujo, exceso. Todo sigue igual. Demasiado igual.
El trayecto hasta el penthouse se hace silencioso. No incómodo, pero denso. Ambos estamos pensando lo mismo: este regreso no es una victoria. Es una tregua extendida hasta territorio enemigo.
Cuando llegamos, el edificio se alza imponente, elegante, como siempre. El guardia nos reconoce de inmediato. No hace preguntas. Las pu