Luego de unas horas, Zoe estacionó frente a mi casa. Tomé las bolsas sin mucho ánimo. Cómo deseaba desmayarme hasta mañana.
—¿Qué te vas a poner?
—No tengo idea.
—Puedes ponerte el vestido rosado que compraste. Te hace lucir como una muñequita —sugirió, arrebatándome la bolsa para sacar el vestido, dándole peso a su comentario—. Por la forma que tiene, combina con cualquier calzado.
—Ah —resoplé—. Unos vaqueros y una sudadera estarán bien para mí.
Zoe negó con frenesí.
—Ni se te ocurra.
—Solo e