Capítulo treinta

Las últimas palabras de Zoe todavía flotaban en el aire cuando Eiden adelantó su posición. Su postura era rígida y su voz, una vez se dejó escuchar, delató un atisbo de opresión.

—El deseo puede... —carraspeó ligeramente—, puede y es satisfactorio hasta el momento que te deja totalmente vacío. Ese vacío termina llenándose con culpa, algo más pesado que el plomo —afirmó.

Cuando su mirada se topó con la del profesor, sacó las manos rápidamente del bolsillo. Su postura rígida lo hacía lucir como
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