El chico se removió incómodo en su sitio. Un rojo carmesí se extendió por su cuello hasta teñir sus orejas y mejillas del mismo color.
—Yo… —titubeó, bajando la mirada—. Supongo que elegiré a... —fue interrumpido por una avalancha de insultos. Los demás estaban impacientes por una respuesta.
Jimin sonrió incómodo. Acomodó su corbata y tragó saliva, elevando la mirada al rostro de cada persona a su alrededor.
—¡Apresúrate, amigo! No eres el único jugador —gritó alguien.
Los demás soltaron una ca