Mundo ficciónIniciar sesión“Donde es mejor no pisar..”
Rose dio un paso hacia el interior de la habitación, y el crujido de la madera vieja bajo sus botas resonó como un eco de advertencia. El aire allí dentro era denso, casi irrespirable, impregnado de ese persistente olor a azufre mezclado con el aroma a cuero viejo y metal oxidado.
Con manos temblorosas, dejó el balde de agua y los paños de limpieza en el suelo. Sus ojos recorrieron el lugar con una mezcla de horror y una fascinación morbosa que encendió de inmediato un latido incómodo en su vientre.
En las paredes de color escarlata profundo colgaban cadenas de eslabones gruesos, azotes de múltiples correas y mordazas de cuero que parecían haber sido usadas recientemente.
En el centro, una imponente estructura de madera en forma de equis dominaba el espacio, flanqueada por una mesa repleta de instrumentos de metal reluciente cuyos propósitos Rose ni siquiera quería imaginar.
«¿Qué clase de altar es este? En la Biblia no hay nada de esto...» pensó, frotando inconscientemente el Rosario que llevaba oculto en su cuello.
Intentó convencerse de que era una prueba, una forma extrema de confrontar las tentaciones de la carne, pero el ambiente se sentía demasiado real, demasiado hostil.
Se acercó a la mesa central, estirando los dedos con timidez hacia un látigo de cuero negro. Justo cuando la punta de sus dedos rozó el material, el sonido ensordecedor de la puerta cerrándose de golpe a sus espaldas la hizo soltar un grito.
Maldición.
Rose se giró con el corazón desbocado. La pesada puerta de madera se había cerrado por completo. Corrió hacia ella y tiró del pomo con desesperación, pero no cedió ni un milímetro.
Estaba encerrada.
—¿Te gusta lo que ves, devota? —La voz no vino desde la puerta, sino desde las sombras más densas del fondo de la habitación.
Era un rugido bajo, áspero y cargado de una vibración tan potente que hizo temblar los cristales de las lámparas de aceite.
Rose se pegó de espaldas a la madera, con la respiración cortada. De la penumbra emergió la silueta masiva de Matteo.
Su sola presencia pareció absorber la poca luz del cuarto. No vestía ropas de monje; llevaba el torso musculoso ceñido por una camiseta negra sin mangas que dejaba expuestas cicatrices varias y sus brazos imponentes.
Las pesadas cadenas doradas que colgaban de su ropa tintinearon con un eco letal mientras avanzaba hacia ella con zancadas felinas.
Sus ojos fijos y oscuros reflejaban la luz roja del cuarto, pero cuando se clavaron en Rose, las pupilas parecieron encenderse en un tono carmesí brillante, como brasas malditas.
—M-Maestro Matteo... —consiguió articular Rose, intentando mantener la compostura a pesar de que sus piernas flaqueaban—. Las devotas... la líder Seraphine me ordenó limpiar este lugar. —Murmuro tan fuerte como pudo. —Yo…solo cumplía con mi tarea.
Matteo detuvo su avance a escasos centímetros de ella, acorralándola contra la puerta. El calor que emanaba de su cuerpo era abrasador, casi sofocante. Ensanchó las fosas nasales, inhalando el aire con brusquedad, y una sonrisa torcida, puramente sádica, se dibujó en sus labios.
—¿Seraphine? —Matteo soltó una carcajada ronca, un sonido peligroso que erizó cada vello del cuerpo de Rose. —Nadie tiene permitido entrar aquí. —Le dijo son dejar de sonreír. —Ni Seraphine, ni las perras esas que te trajeron, y mucho menos una humana insignificante que apenas sabe dónde está parada. —La palabra humana se queda gravada en la mente de Rose. —Has cruzado una línea sagrada…
—¡M-Me engañaron! —exclamó ella, reuniendo fuerza para mirarlo a los ojos, mostrando esa resistencia oculta que la caracterizaba—¡El letrero decía prohibido, yo no quería entrar! Déjeme salir y olvidemos esto. —Una sonrisa nerviosa cruza el rostro de Rose.
Antes de que pudiera dar un paso, la mano enguantada de Matteo se cerró con una fuerza implacable alrededor de su mandíbula, estampando su cabeza suavemente contra la madera de la puerta.
El agarre era firme, doloroso pero electrizante, enviando una descarga directa a la hipersexualidad de Rose, que respondió traicionándola con una oleada de calor entre sus piernas.
—A mí no me importan tus excusas. —gruñó Matteo, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron los de ella. Su mirada de ira desatada se clavó en la fragilidad de Rose. — Odio la debilidad…Odio que seas tan jodidamente fácil de manipular por los demás. —En defensa de Rose, no sabía que las devotas le jugarían sucio, ni siquiera lo imagino pues, aquel lugar era una iglesia de amor, ¿No?
—Realmente no quería entrar aquí…yo solo seguía órdenes y…—Matteo la hizo guardar silencio casi de inmediato, no tuvo que decirle, una mirada fue suficiente. Era diferente ver a este hombre estando rodeada de personas a estar en una habitación solos.
Sin nadie que la buscara.
—Ayer sucedió algo curioso. —Dice Matteo sin dejarle de verla. —Dejaste que Leonardo te arrastrara a sus pies y te dejara rota, vacía... hueles a su maldito orgullo. ¿Y hoy dejas que unas sirvientas te pongan en mi camino? —Matteo deslizó su otra mano por el cuello de Rose, rozando el Rosario.
Su contacto quemaba. Con un movimiento limpio, tiró de ella hacia adelante, despegándola de la puerta y arrastrándola hacia el centro de la habitación, directo hacia la estructura de madera.
¿Cómo sabe lo de Leonardo? ¿Los estaba espiando? ¿Él se lo había contado todo? Eran cosas que ella no sabría por el momento y, dudaba ellos se lo dirían.
—¿Quieres saber algo, Rose? —La forma en la que Matteo dice su nombre es suficiente para hacerla temblar. —Leonardo jugará con tu mente sin la necesidad de ensuciarse las manos…querrá tu obediencia mental…pero en mi lado del templo, las cosas son diferentes. Exijo tu lealtad absoluta, nadie más tiene derecho a tocarte o castigarte. —Matteo sonríe oscuro. —Solo yo….
Rose intentó forcejear, empujando su pecho de roca, pero sus 1.75 metros eran nada contra la masa imponente de Matteo, quien la empujó contra la estructura de madera, colocándose inmediatamente entre sus piernas, atrapándola con su propio cuerpo.
—Violaste la regla más importante del ala Oeste —susurró él, su respiración caliente golpeándole el rostro mientras sus ojos brillaban como el fuego—Y aquí, las consecuencias son inmediatas. —Esas palabras le suena muy familiares. —Vas a aprender a quién le pertenece tu cuerpo, Rose. Y te aseguro que no vas a necesitar rogar para que yo termine el trabajo.







