Mundo ficciónIniciar sesión«Tu sola existencia es mi salvación... o mi perdición».
El agua fría no lograba borrar la sensación de las manos de Matteo grabadas en sus caderas. Rose se vistió lentamente en la penumbra de su habitación, colocándose un hábito gris limpio, el único que no estaba rasgado.
Tenía el cuerpo dolorido, pero su mente estaba en un lugar aún más peligroso: la revelación de su propia hipocresía. Matteo tenía razón. Su moral rezaba por pureza, pero su piel gritaba por el castigo que acababa de recibir.
Decidida a no dejarse vencer por el encierro y el eco de sus propios gemidos, Rose esperó a que la noche cayera por completo para salir a buscar un poco de agua fresca. El templo gótico, sumergido en la oscuridad, se sentía como un laberinto de piedra habitado por sombras vivas.
Mientras caminaba por el pasillo que conducía al patio interior, el sonido de unos pasos suaves y erráticos la hizo detenerse. De la penumbra del jardín, bajo la luz de una luna pálida, emergió una figura que Rose solo había visto de lejos en la iniciación.
Era Luca.
Su apariencia era completamente distinta a la imponente soberanía de Leonardo o al salvajismo masivo de Matteo. Con su 1.90 de altura, Luca poseía una belleza etérea, casi celestial, pero profundamente rota. Vestía ropas holgadas de seda oscura y su cabello claro caía desordenado sobre su frente.
Al levantar el rostro, Rose contuvo el aliento, sus ojos, de un místico color verde esmeralda, se veían llorosos, cansados y cargados de una devoción tan absoluta que resultaba alarmante.
En su muñeca izquierda, Rose notó un destello familiar, llevaba puesta, desgastada pero intacta, la vieja pulsera de hilo que ella misma había perdido hacía años.
—Rose... —susurró Luca. Su voz no fue un rugido ni una orden; fue un ruego, un hilo de voz tembloroso que pareció romperse al pronunciar su nombre. —Viniste…Al fin estás aquí.
Rose dio un paso atrás, abrumada por la intensidad de esa mirada esmeralda que parecía adorarla como a una deidad.
—¿Maestro Luca...? —Articuló ella, confundida por el tono. —Yo solo iba por agua. No quise interrumpirlo.
Luca avanzó hacia ella con pasos flotantes, acortando la distancia. Pero a medida que se acercaba, sus ojos verdes se abrieron de par en par. El sutil aroma a azufre y la fragancia ruda de Matteo, mezclados con la humedad que Rose aún portaba en su cuerpo, golpearon los sentidos del joven.
Al instante, la expresión tierna de Luca se fracturó. El dolor en su rostro fue tan real que Rose pensó que iba a llorar, pero lo que vio a continuación la dejó paralizada, de la nariz de Luca comenzó a brotar un pequeño hilo de sangre carmesí, un reflejo físico de cómo sus emociones se desbordaban de golpe ante los celos y la desesperación.
—Estuviste con él. —dijo Luca, y esta vez su voz arrastró una mezcla de súplica y locura que erizó la piel de Rose. —Hueles a Matteo... Hueles a su ruda posesión. —El corazón de Rose pego fuerte contra su pecho. ¿Olía a Matteo? No sabía a qué se refería, sin embargo, Luca decía aquellas palabras como si su alma estuviera siendo desgarrada.
Las palabras no salen de sus labios, no sabe que decir, pero todo esto se le hace familiar, esta situación era extrañamente conocida para ella.
—Y antes de eso… el orgullo de Leonardo te tocó. ¿Por qué, Rose? ¿Por qué dejas que ellos te rompan cuando yo he vivido cada maldito segundo de mi existencia esperándote a ti? —Antes de que Rose pudiera procesar sus palabras o la extraña sangre que corría por el labio de él, Luca cayó de rodillas frente a ella.
Luca atrapó el borde de su hábito gris con manos delicadas pero que temblaban por una obsesión incontenible, pegando su frente contra las piernas de Rose en un acto de adoración total y aterrador.
—Ellos solo quieren poseerte para ganar un juego... pero tú eres mi todo, Rose. Mi existencia misma. —sollozó él contra su ropa, levantando esos ojos verdes y rotos hacia ella. —No dejes que te vuelvan a tocar. Déjame salvarte. Déjame darte lo que realmente deseas, aunque tenga que encadenarte a mi alma para siempre. —Algo en sus palabras se siente pesadas, cargadas de una promesa que, para Rose, estaba segura no sería fácil de romper.
Sin embargo, la actitud de Luca, el joven más reservado de los tres se le hace un poco extraña. Ella, sin saber que decir exactamente, trata de buscar la manera de calmarlo, pero antes, intentaría averiguar cómo es que él sabía lo que sucedió horas antes con Matteo.
—Ma…maestro cálmese. —Dice ella en un murmuro suave. —No me gusta verlo así…usted…debe de mantener la compostura. —Sin saber muy bien la razón de esto, Rose siente la necesidad de calmarlo.
Al igual que como lo haría con cualquier ser indefenso que tuviera que consolar.
— ¿No dejaras que ellos…dejen su olor en ti? —La voz de Luca sale a penas en un murmullo que ella difícilmente pudo escuchar. —Dime que no volverás a acercarte a ellos, Rose, prométemelo…porque si ellos vuelven…me muero. —Negando con la cabeza, Rose no quiere ser la responsable de alguna muerte.
Sin embargo, Luca se aferra a ella, siente como el puente de su nariz choca contra su entrepierna, sensible. Rose jadea en su lugar, tratando de mantener autocontrol, sabe que, aquello no fue apropósito.
Suspira y calmando los temblores involuntarios de su cuerpo, habla.
—Prometo que…hablare con los maestros Leonardo y Matteo. —Dice ella en voz baja. —Pero por favor, no diga esas cosas tan horribles…si usted muere…mi mundo no sería igual. —Rose acaricia los rubios cabellos de Luca, se siente suaves, y la fragancia lavanda parece llegarle de pronto.
Los ojos de Luca la miran con atención, parecen brillar para ella, o quizás lo ha imaginado todo. Sea lo que sea, aquellas palabras parecen hacer eco en Luca quien, lentamente le muestra una sonrisa de costa a costa. Y su rostro se torna de un suave rojo.
Sonrojado, él la abraza más. Un hombre joven de 1.90 metros que yace de rodillas a ella se mantiene ahí, a sus pies.
— ¿Tu mundo…no sería lo mismo…sin mí? —Pregunta Luca, parece extrañamente emocionado. —Mi musa…eres tan noble para este podrido y corrompido mundo. —Murmura, sumergiendo su rostro entre las piernas de Rose.
Muy cerca, demasiada cerca de su entrepierna.
—Sí. —Responde ella. —Pero por favor, levántese. —Murmura Rose, mirando hacia ambos lados, ellos se encuentran en el hermoso jardín a la luz de la luna. ¿Qué dirían los demás si los encuentran en esa situación tan comprometedora?
Luca no parece hacer caso a las palabras de Rose, y en cambio, pareciera que adrede, busca adentrarse entre sus piernas. Ella lo sabe, pese a que intento creer que, aquel inofensivo joven, solo era un ser inocente en aquella iglesia gótica.
Un escalofrió recorre a Rose en el instante que, las sensaciones de ser acariciada por las cálidas manos de Luca se hacen presentes, las manos del joven hombre suben desde sus tobillos, hasta sus pantorrillas y luego muslos, finalmente culmina hasta quedarse en su entrepierna.
— ¿Ma-maestro? —Rose jadea involuntariamente, escucha de Luca una risa tímida, casi burlesca por lo coqueta que le parece. Y así es como el habito que se supone debe de cubrirla es levantado por el hombre joven.
Quien directamente y sin pudor alguno, arranca la ropa interior de Rose. Luca lame la entrepierna de Rose, un gemido profundo es lo que ella escucha salir del joven, y el sonrojo violento toma control del rostro de Rose.
— ¿¡Que hace!? —Ella le grita tan fuerte como para que solo ellos dos escuche, Luca gruñe cual animal y levantándose aun manteniéndose entre las piernas de Rose, la lleva hacia la pared más cercana, estampándola ahí, todo esto sin detenerse, sin dejar de probarla.
Porque la necesidad de querer más y más se hace más fuerte, quiere apoderarse de ella. Desea explorarla y hacer temblar por él. Solo por él y nadie más.
Y estaba más que dispuesto a hacerlo.







