16: Calma.

“Antes de la tormenta todo parece tan calmado.”

Cuando Rose despierta siente que la cabeza le da vueltas, en sus labios ya no se encuentra la mordaza de antes, pero su mandíbula le molesta. Los recuerdos de las últimas horas le llegan a la mente en cuestión de segundos.

Primero la decepción por lo de Leonardo.

Después el engaño de las devotas llevándola hacia el ala Oeste.

Finalmente Matteo reclamando su cuerpo de una manera sádica, fuerte. Sus peticiones hechas carne y hueso moralizadas en un hombre que, lejos de ser como Leonardo, calmado y manipulador, era dominación completa, ira bañada de pasión.

Y eso, le ha gustado.

El orgasmo más intenso que ha tenido en su vida, y la sensación de vértigo en su estómago se instalada. Nunca imagino estar en un cuarto rojo como este, mucho menos que, un sádico de verdad se encontraría delante de ella.

—Veo que despertaste. —La voz ronca de Matteo la invade y su corazón en respuesta late apresurado. El rubor se extiende por todo su rostro, vergüenza de lo vivido pero, deseando secretamente que se repita.

Tal y como lo haría una masoquista.

—Yo…usted…eso no…—Matteo que se encuentra frente a Rose, cruza sus brazos, los cuales se flexionan un poco dejando ver las venas que lo recorren y se pierden entre las cicatrices.

Rose se percata de que, a diferencia de antes, ahora está colgando en la X que vio antes cuando estaba limpiando antes de que Matteo apareciera y claramente, la tomara de la manera más salvaje que ella ha tenido en su vida. Pese a que Rose se mantiene en una altura considerable, bueno, Matteo era mucho más alto que Leonardo, con 1.95 centímetros de altura.

La diferencia no era mucha pero si la suficiente para hacer que ella, elevara el rostro hacia arriba.

— ¿Vas a decir que no querías esto? —Matteo gruñe cual animal salvaje. — ¿Dirás que acabar con la maldita necesidad de ser follada como a una puta masoquista es lo contrario a lo que buscabas en primer lugar? —Matteo toma el rostro de Rose, apretando lo suficiente para que ella se estremezca ante su tacto caliente.

Él la mira sin decir nada y la ira parece irse hasta que pronto, él sonríe.

—Sé detectar a una masoquista en potencia cuando la veo. —Murmura sin dejar de sostenerla. —Curiosamente…eres más que una devota que se arrodilla para fingir rezar, Rose. —Matteo se acerca a sus labios, casi rozándolos con los suyos. —Quieres ser castigada pero tu moral no lo permite, anhelas satisfacer la lujuria que no te deja en paz. —Rose parpadea en su lugar, sintiendo su respiración acelerarse.

—Eso no es verdad. —Susurra ella antes de que Matteo tome posesión de sus labios, el beso es salvaje, sin piedad o tan siquiera sin pedir permiso, él la posee por completo, dejándole en claro que, él está ahí para dominar, no para ser dominado.

Cuando el aire escasea, y la mente se Rose se pone en blanco, Matteo se aparta de ella. El vapor que sale de su boca es lo suficientemente caliente para hacerla jadear, en busca de aire.

—Si quieres seguir jugando a negar lo que eres…no te preocupes. —Matteo la desata con cuidado, sus pies y manos quedan libres, pero su cuerpo no parece responder en el instante y él, la toma en brazos, cargándola y acercándola a su rostro. —Estaré aquí para enseñarte la verdad que tan desesperadamente intentas ocultar.

(…)

Rose se aferró por puro instinto a los imponentes hombros de Matteo mientras él la cargaba. El calor que emanaba de su piel era tan intenso que resultaba casi febril, y el aroma a azufre y cuero que lo rodeaba la envolvía por completo.

Se sentía increíblemente pequeña e indefensa en sus brazos, pero por primera vez en años, una extraña y retorcida sensación de seguridad la invadió. Él la había reclamado con violencia, pero ahora la sostenía con una firmeza implacable, como si nadie más en ese maldito lugar tuviera derecho a rozarle un solo cabello.

Matteo caminó con paso firme hacia una de las esquinas del cuarto rojo, donde un desgastado diván de terciopelo oscuro descansaba bajo la luz mortecina.

La depositó allí con una brusquedad que la hizo jadear, pero antes de que pudiera cubrir los jirones de su hábito negro, él le arrojó una pesada capa oscura sobre el cuerpo.

—Cúbrete. —ordenó Matteo, dándole la espalda mientras se ajustaba el cinturón de cuero.—Si alguna de las víboras de Seraphine te ve salir de este ala en ese estado, no responderé de lo que les haga. —Amenaza Matteo en seco. —Limpiaste el cuarto, pagaste tu castigo. Ahora vuelve a tus aposentos antes de que pierda la poca paciencia que me queda. —Rose no se hizo del rogar.

Con los músculos de las piernas temblando por el esfuerzo de las horas anteriores y el vientre aún doliéndole por la intensidad del orgasmo, se envolvió en la capa y se puso en pie.

Miró a Matteo una última vez; él ni siquiera se giró a verla, pero la tensión en sus hombros delataba que seguía vigilando cada uno de sus movimientos.

Salió del cuarto prohibido arrastrando los pies, encontrándose con los pasillos del ala Oeste completamente desiertos. La atmósfera del templo gótico se sentía extrañamente silenciosa, una quietud sepulcral que erizaba la piel.

Sin embargo, al cruzar el umbral hacia el pasillo principal que conectaba con los dormitorios de las devotas, la calma se rompió.

Apoyadas contra las columnas de piedra, las dos devotas súcubos que la habían engañado esa mañana la esperaban con sonrisas burlonas. Al verla envuelta en la capa de Matteo, con los labios hinchados y la mirada perdida, sus expresiones cambiaron drásticamente a una mueca de pura envidia y desprecio.

—Vaya, miren quién sobrevivió a las consecuencias. —siseó una de ellas, cruzando los brazos con malicia.—Parece que la nueva resultó ser más resistente de lo que pensábamos. ¿Te gustó el ala Oeste, hermana Rose? —Rio.

Rose apretó el Rosario oculto bajo la tela de la capa, sosteniéndoles la mirada con esa fuerza interna que se negaba a doblegarse.

—Cumplí con lo que se me ordenó.—respondió Rose con la voz extrañamente firme, aunque por dentro su cabeza seguía siendo un caos.—Ahora quédense fuera de mi camino.

Las devotas o víboras —como las llamo Matteo. — soltaron una risa sorda, pero no se atrevieron a dar un paso al frente; el aura territorial de Matteo parecía flotar sobre la capa que Rose vestía, advirtiéndoles que tocarla significaría la muerte.

 Rose pasó de largo, ignorando sus murmullos venenosos, y se encerró finalmente en la seguridad de su habitación gris.

Se dejó caer de espaldas contra la puerta, deslizándose hasta el suelo frío. Todo parecía haber vuelto a la normalidad. El sol de la tarde comenzaba a ocultarse, tiñendo el cuarto de sombras alargadas. La calma era absoluta, el silencio era total.

Sin embargo, mientras Rose cerraba los ojos, el latido incómodo en su entrepierna y el recuerdo del fuego de Matteo le recordaban que nada volvería a ser igual.

Estaba atrapada entre dos hombres que la reclamaban con la misma intensidad destructiva, y en el fondo de su alma, una alarmante intuición le advertía que esta paz era solo una ilusión. Tal como dictaba el presagio de su mente: Antes de la tormenta, todo parece tan calmado.

Y la tormenta apenas estaba por comenzar.

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