Mundo ficciónIniciar sesión“Olvidaras todo lo que no tenga que ver con él.”
—Mira nada más que tenemos aquí. —Matteo sonríe sin dejar de mover sus dedos sobre la intimidad de Rose quien, jadea, tiembla y deja escapar pequeños gemidos de sus labios. Su cabeza le da vueltas, pero, Matteo no tiene intención de detenerse.
Hace unos pocos minutos, juraba que Matteo, aquel que parecía despreciarla le daría un castigo pesado, quizás hacerla rezar por dos horas. O tal vez ponerle tareas agotadoras por haber cruzado la “línea sagrada” sin embargo, nada de eso sucedió.
Rose yacía sobre la mesa con sus extremidades atadas a cadenas de cuero en sus pies y brazos, la vestimenta de esta mañana que le dieron las devotas y la cual consistía en un habito negro, se encuentra rasgado en zonas estratégicas.
Su pecho se encontraba el descubierto, y la parte debajo de su ombligo también. De sus pezones cuelgan pequeñas pinzas texturizadas de cuero, las cuales, en cada movimiento que ella hace se ajustan a su pecho.
Los gemidos que intentan salir de los labios se Rose se pierden en la mordaza que tiene en la boca y donde la mirada fija de Matteo se mantiene en ella. Le da vergüenza, sin embargo, le gusta la sensación que se expande desde su vientre hasta su entrepierna.
—Pensé que saldrías corriendo inmediatamente, sin embargo, has llevado más allá mis expectativas. —Matteo que aún no detiene el movimiento de sus dedos, en Rose, ha quedado intrigado con ella.
La manera en la que respira, y como se retuerce cada que él la toca. Incluso, le gusta como los dedos de sus pies parecen moverse ante el más pequeño toque. Con una mano libre, Matteo vierte un pequeño frasco de lo que Rose cree, es lubricante.
—¿Cómo es que en una supuesta devota esta tan ansiosa por ser utilizada? —Matteo introduce lentamente dos dedos, Rose se arquea en su lugar mientras que lágrimas de placer se escapan por sus mejillas hasta perderse.
Rose quiere hablar, quiere decir algo, desea decirle que se equivoca, sin embargo, en el fondo sabe que es cierto.
—Deja de contener el hambre que tienes, Rose. —Matteo la toma del rostro, haciendo que lo mire fijamente, todo esto, sin dejar de penetrarla con los dedos. —¿Escuchas el sonido tan obsceno que hace tu cuerpo? Has estado rogando por esto desde que cruzaste la puerta de este templo polvoriento. —Matteo acelera el movimiento y con su dedo pulgar estimula a Rose quien, se estremece bajo su tacto.
Lo siente llegar, su cuerpo pide a gritos la liberación que Leonardo le había negado y Matteo parece notarlo, sonríe arrogante.
(…)
El sonido de los fluidos de Rose, esvespeso y obsceno, resonaba en las paredes escarlatas del cuarto prohibido cada vez que los dedos de Matteo se hundían sin contemplación dentro de ella.
Rose intentó emitir una súplica, un grito, lo que fuera, pero el cuero de la mordaza ahogó el sonido en su garganta, transformándolo en un lamento agudo que solo alimentó la sonrisa del hombre.
Las pinzas en sus pechos tiraban con cada espasmo de su cuerpo, enviando descargas de un dolor punzante que su mente, ya completamente nublada, traducía como puro placer adictivo.
Las cadenas de cuero en sus muñecas y tobillos tintineaban, tensándose al máximo mientras ella arqueaba la espalda, buscando desesperadamente el roce del pulgar de Matteo contra su clítoris.
—Mírame, Rose —le ordenó él, su voz vibrando como un trueno oscuro mientras se inclinaba sobre su rostro.—Mira al hombre que te está haciendo suplicar a través de un trozo de cuero. —Murmura peligroso. —Olvídate del aire refinado de Leonardo. Él te dejó a medias, yo voy a devorarte por completo. —La sonrisa sádica de Matteo la hace temblar de excitación.
Con un movimiento brusco, Matteo extrajo sus dedos, dejando a Rose con una dolorosa sensación de vacío que la hizo soltar un quejido sordo detrás de la mordaza. Sus ojos rojos, empañados por las lágrimas, vieron cómo él se desabrochaba el cinturón con una parsimonia aterradora.
Cuando Matteo se liberó, Rose sintió que el corazón se le salía del pecho. No era un hombre común; la escala de su anatomía y la imponente musculatura de sus caderas la hicieron estremecerse de puro terror físico.
Matteo no usó más lubricante. Se colocó entre sus muslos abiertos y atados, sujetando las caderas de Rose con sus manos enguantadas, enterrando los dedos en su piel con una fuerza que dejaría marcas oscuras durante días.
—Esta es tu lealtad, devota. —susurró, con los ojos brillando en un carmesí casi inhumano justo antes de empujar su anatomía de golpe dentro de ella.
El impacto fue tan brutal que Rose abrió los ojos de par en par, emitiendo un grito ahogado que rasgó su garganta contra la mordaza. Se sintió partida en dos, ocupada hasta el fondo de su vientre por un calor abrasador que quemaba y estiraba sus paredes al límite.
Sus dedos se cerraron en puños, las cadenas de cuero crujieron y las lágrimas corrieron sin freno por sus mejillas.
Matteo no esperó a que se acostumbrara. Comenzó a embestirla con un ritmo salvaje, implacable, una soberanía total que no buscaba el romance, sino el reclamo absoluto de su territorio. Cada estocada la golpeaba contra la mesa de madera, haciendo que los instrumentos de sadomasoquistas a su alrededor tintinearan en una sinfonía retorcida.
Rose estaba perdida. Su cuerpo, traidor y hambriento, se amoldó a la rudeza del ritmo de Matteo. El placer estalló en su vientre como fuegos artificiales oscuros.
Ya no pensaba en la iglesia, no pensaba en el pecado, ni siquiera en la promesa que la había llevado a ese lugar. Tal como decía el subtítulo de su castigo, Rose estaba olvidando todo lo que no tuviera que ver con el monstruo que la estaba reclamando en ese altar de ira.
Matteo la tomó del cuello con una mano, obligándola a sostenerle la mirada mientras aceleraba el paso, hundiéndose en ella con una fuerza animal.
—Eres mía, Rose —gruñó él contra sus labios cubiertos por la mordaza, sintiendo cómo las paredes de la humana se contraían en el inicio de un orgasmo violento. —Grábatelo en la maldita cabeza…Eres mía. —El espasmo final la barrió por completo.
Rose se sacudió contra las ataduras, con la vista nublándose en un estallido de luces blancas mientras su propio clímax la devoraba, liberando la tensión acumulada en una ola de humedad ardiente que bañó a Matteo por dentro.
El demonio de la ira soltó un rugido ronco y, con una última embestida profunda, derramó su propia simiente caliente dentro de ella, sellando su reclamo en el suelo sagrado del ala Oeste.
Aun temblando por el fuerte orgasmo, Rose pierde el conocimiento y entonces, todo se vuelve oscuro.







