46. Montengro
Álvaro Duarte
Cuando desperté, ya no estaba amarrado.
Me incorporé lentamente sobre la cama, sintiendo mis extremidades entumecidas. El cuerpo me pesaba.
Por la pequeña ventana de apenas cuarenta centímetros entraba un rayo de luz intensa.
El medicamento que me inyectaban me mantenía sedado. Era como si nunca tuviera fuerzas para nada.
A veces me preguntaba si Emilia aún pensaba en mí. Si alguna vez miraba al vacío y me recordaba.
También pensaba en Mara. En la empresa.
Todo se había ido al ca