Álvaro Duarte
Nunca pensé enamorarme tanto de una mujer.
Al punto de perder la cordura por ella.
Emilia no era cualquier mujer. Era la mujer que amaba, la única que había amado desde el momento en que sus ojos oscuros se encontraron con los míos. Su mirada me atravesó como un dardo silencioso, y sus mejillas, suaves y sonrojadas, me recordaban a un durazno maduro. Dulce. Perfecto. Irresistible.
Y ahora era de otro.
El motor del auto rugía sobre el asfalto mientras Gael conducía por la carretera